6 Lo serio de la vida - La escuela

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Según algunos testimonios la familia Kentenich era más bien reservada. Tal vez por eso sucedió que en los años en torno a 1950, casi nadie se acordaba del nombre Kentenich y menos del pequeño José.

A causa de esta reserva, era importante para el desarrollo de José el buscar el contacto con otros niños, en ambientes extra familiares. A pesar de los esfuerzos no se consiguió entusiasmar a José para el Kindergarten. Rechazó ir a la escuela del asilo. Sabía lo que quería y lo que no quería, y no se dejó sobornar con promesas. Tal vez sospechaba las hirientes preguntas que le podían plantear.

En la Pascua de 1891, con cinco años y medio, José fue matriculado en la escuela. Una escuela como la deseaban las autoridades educacionales, sin embargo, no era el colegio del pueblo de Gymnich. La carencia de profesores podía tener como consecuencia que una materia no se tratara durante medio año. Además, el nivel de formación de los niños dejaba mucho que desear. Los inspectores escolares constataban una y otra vez deficiencias, especialmente en lectura y aritmética.

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Los maestros y sus métodos de enseñanza

Maestro se podía llegar a ser a partir de los 16 años. Se visitaba un Seminario de Maestros por tres años y luego de un tiempo de prueba se le contrataba por dos años.

La enseñanza con frecuencia se hacía con disciplina militar para asegurar la trasmisión de conocimientos, sin tener en cuenta las necesidades y posibilidades individuales de los niños. De la maestra C. Schwarz, que recibió y enseñó el primer curso y fue profesora del pequeño Josef, se sabe que, por carencia de condiciones pedagógicas, a menudo era dejada de lado en el transporte y fue demandada por graves violaciones al derecho de castigar.

No se sabe si José, que se transformó rápidamente en un buen alumno, también tuvo que soportar castigo corporal. Pero sí se sabe que no le gustaba la vida cotidiana en la escuela con esta atmósfera.

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Contra las injusticias se defendía con vehemencia. Así cuenta su prima Henriette, ella controlaba la mochila de José, que tenía cinco años. Una vez su pizarra se borró un poco y él volvió a completar la escritura correspondiente. Al siguiente día de escuela, se le preguntó a José quién había escrito las tareas. José afirmó que él había realizado sus tareas. Henriette, en cambio, concedió llorando su infortunio. En una conversación posterior se clarificó todo.

Un nuevo estilo de educación

El quehacer cotidiano en la escuela de Gymnich es, al menos en parte, el telón de fondo sobre el cual más tarde el P. Kentenich desarrolló en sus tareas educativas un estilo completamente nuevo. Partió del principio: de 100 golpes, 99 le corresponden al educador. Hizo la experiencia que al identificarse con la percepción vital de los niños se obtenía mucho más que con la dureza.

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Durante su tarea de educador confiaba tanto en sus alumnos y en su honestidad que podía abandonar la sala de clases durante los exámenes.

Con ocasión de su ingreso como Espiritual en el Gymnasium de los Padres Palotinos en Schoenstatt, les expresó a los alumnos y a los jóvenes en esta forma su actitud: “Me pongo ahora completamente a su disposición, con todo lo que soy y lo que tengo, mi saber y mi ignorancia, con lo que puedo hacer y con lo que no puedo hacer, pero sobre todo con mi corazón”.

El impulso hacia la libertad de los alumnos que se quejaban y sufrían por el duro régimen de la nueva casa de estudios en Schoenstatt, lo enfrentó el P. Kentenich con un concepto alternativo de educación: “Los niños y jóvenes deben aprovechar el duro régimen para tomar en su mano la propia educación. El régimen debe ser un medio para educarse a si mismos como hombres libres, fuertes y autónomos. Por tanto no hubo más insistencia en la obediencia sumisa como fin de la educación. La actitud fundamental del educador debía ser la valoración de la joven personalidad, identificarse con los anhelos y proyectos del joven para lograr la autenticidad humana.

 

Desde mi niñez siempre he observado lo que es realmente la educación, cómo se hace, cómo se educan los niños. Me dije a mí mismo: Tendría que ser bastante distinto; habría que hacerlo de esta o esta otra forma.

Nunca he podido aceptar la forma como he sido educado.

P. José Kentenich, 1941 y 1950

 

 

Oración

Señor Dios,

Te agradecemos por el talento pedagógico del P. Kentenich, que puede ser ejemplo y estímulo para todas las educadoras y los educadores.

(Todos:) Te pedimos por todos los que como padres y madres de familia, como maestros o como pastores de almas actúan en la educación: dales un gran corazón para que vivamente puedan acoger los anhelos de los jóvenes.

Te pedimos por todos los que por su educación sufrieron heridas y lesiones. Haz que encuentren personas que nuevamente les hagan experimentar confianza y valoración.

Amén